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Clegg, cambio por hartazgo.

5 mayo, 2010

La irrupción de Nick Clegg como serio aspirante a lograr unos resultados muy por encima de los obtenidos en las elecciones precedentes, denota un cansancio de uno de los electorados más tradicionalistas, como sin duda es el británico, respecto de los partidos tradicionales.

Si bien este cambio puede haberse acentuado por la coyuntura económica actual, es innegable que no puede atribuírsele únicamente a la misma, habiendo también otros factores como pueda ser la propia figura del candidato liberal o el hartazgo de la repetición de modos de gobierno por parte de la población británica.

Una de las cuestiones que llama la atención de la creciente importancia de Clegg en la inminente elección presidencial y cameral del Reino Unido, es que si bien pudiera pensarse que este partido se acerca más ideológicamente al conservador que a un socialdemócrata, el partido liberal y su importancia en términos de porcentaje de votos va a depender más de lo que se reduzcan los del partido laborista que los del conservador.

Esto evidencia el imaginario de la socialdemocracia como partido progresista y por ende defensor de los más débiles y luchador en pos de mayor equidad en el reparto de las riquezas que pudiera tener en otro momento. Un fenómeno de cambio que probablemente sea extrapolable no sólo a Europa sino a otros lares más lejanos. Este fenómeno es más reseñable en una coyuntura de crisis, donde este grupo ideológico podría haber aprovechado para diferenciarse de los defensores de un neoliberalismo unánimemente sido reconocido como culpable principal de la misma. Sin embargo, el Keynesianismo adoptado en los peores momentos de la crisis por los otrora defensores de la cuasi desaparición de los estados parece haber dejado a los socialdemócratas sin respuestas propias que dar.

Esto indica claramente que el electorado ni siquiera puede pensar mínimamente en el partido socialdemócrata como un partido que haga frente al liberalismo proponiendo alternativas a éste, sino que al contrario asume plenamente la doctrina liberal. En el caso que nos atañe, aquellos que no van a votar conservador parece que harán un estudio minucioso de las propuestas existentes en el programa de estos dos partidos, cuestión que tradicionalmente se destaca del pragmático electorado británico, que lee con atención las propuestas que personalmente les puedan afectar y que en esta ocasión  va realizar más, si cabe.

Ante esa tesitura podemos observar que el partido liberal se aleja del partido conservador y podríamos afirmar que manteniendo la centralidad ideológica y con grandes dosis de pragmatismo, tiene un discurso que podría tildarse de más progresista que el del propio partido laborista, especialmente en lo que a inmigración y a relaciones exteriores respecta, así como en otros puntos varios.

Otro punto que sin duda va a ser destacable en el caso de que el partido liberal evite la mayoría absoluta en la cámara por parte del partido conservador, es el requisito sine qua non de la modificación de un régimen electoral que en pro de facilitar la gobernabilidad ataca frontalmente la proporcionalidad en un caso como el actual en el que la disputa es entre tres partidos, pudiendo llegar al paradójico punto de que entre los tres candidatos el que menos votación sacase tuviera mayor fuerza en el parlamento. Paradójicamente de nuevo este cambio es más probable que sea aceptado por el partido laborista que por el conservador, pese a que el laborista acorde a todos los cálculos sería quien más perdería en términos numéricos, pero quien más posibilidades ve de llegar a acuerdos con el liberal demócrata si nadie tuviera mayorías.

Este posible cambio de régimen electoral podría ser contagiado al resto de Europa, sin embargo estas afortunadas islas y su histórica especificidad complican en todo caso un profundo contagio.